Antiguas anécdotas 1ª parte

La vida es una sucesión de incidentes más o menos desgraciados.
Incidente nº 1: mi profesora resulta ser mi casera, una psicópata que vive en el piso de al lado y nos espía por la mirilla.
Siempre pensé que las películas exageraban la realidad hasta que, desesperada de convivir con unas treintañeras que no me dejaban fumar más que en mi habitación (un cubículo que ríete tú de los zulos), decidí mudarme a un lugar más espacioso.
Así fue como fui a parar a un piso amplio, limpio (el día que me lo enseñaron estaba limpio), con un cuarto hermoso para mi, y tres chicas jovencitas (una de ellas monísima) muy hipys que, lógicamente, fumaban en la cocina, en el baño, en el salón y donde hiciera falta. Me cayeron fenomenal, y entonces tocaba conocer a la casera. Hablé con ella. Una mujer de unos cincuenta años, soltera, que vivía con su hermano y su madre en el piso de al lado. Y que resultó ser profesora en mi facultad, aunque a mi no me daba clase. Lo primero que me dijo es que no podían entrar chicos en el piso (ay! si ella supiera), que tampoco animales porque lo ensuciaban todo, y que no quería alquilar el piso a chicos porque eran muy sucios. A mi me pareció bien todo porque el piso era estupendo, y no muy caro, vamos que si me llega a decir que sólo querían a chicas judías ya me estaba comprando la Torá.
Pues entré a vivir allí. Al día siguiente, comprobé que la vida es una gran paradoja en si misma. A la casera "sólo" le importaban 3 cosas: PISO LIMPIO, SIN ANIMALES, SIN CHICOS. A mi compañera nº1 llamémosla Eugenia, le debía de fallar el oído. No se conformaba con tener un animal en casa como por ejemplo podía ser un pez, un pajarito, NO. Tenía un conejo, llamémosle el conejo, al que sacaba de la jaula día si día también, conejo que tenía complejo de garbancito pues dejaba a su paso una hilera de bolitas marrones para encontrar el camino de vuelta a la jaula. Este simpático conejo tenía otro hobby, que consistía en morderlo todo. Y cuando digo todo quiero decir todo, incluyendo los cables de la tele y las cortinas. Eugenia, no contenta con esto, se traía a dormir a casa a su novio día si día también. Que por mi como si se trae el equipo entero de fútbol sala, pero es que mi querida casera vivía en el piso de al lado y... Cuando volvías a casa, ya a punto de meter la llave en la cerradura, no había vez que no oyeras unos pasos sigilosos y el sonido inconfundible de una mirilla abriéndose. Así que Eugenia no sé cómo, pero se las arregló para traer al novio a casa sin ser vista, y ocultar el conejo durante 2 o 3 años.
"Ah, pero las chicas eran limpias por lo menos, ¿no, lady_anneke?" Pues no precisamente. Un día estaba sola en casa y moví el sofá. Lo que encontré debajo... Aquello no era polvo en una casa. Aquello era una casa alrededor del polvo, era el fin de los tiempos y sólo había polvo a mi alrededor. Un día abrí el horno. Aquello no era grasa. Aquello era el cementerio de la grasa, donde toda la grasa del mundo guardaba descanso eterno. En el lavabo cada viernes había una obra de arte contemporáneo distinta, formada por ollas-sartenes-platos-cubiertos (eso si, sucios), obra de arte que tenías oportunidad de contemplar durante tres días. Un día invité a mi chica a ver una peli alquilada en el salón. Nada mas llegar, miró hacia un lado, miró hacia el otro, me dijo "¿Dónde están los trapos?", le contesté, "No hay trapos", me miró con cara de terror, cogió papel higiénico y se puso a limpiar. Llevábamos saliendo un año y era la primera vez que la veía limpiar.

2 Comments:
Gracias, gracias gracias.
Por las risas que me he exado que me han alegrado la tarde!!!
Quiero la 2ª parte yaaaaaaaaaaaaaaa
Ya tengo la segunda parte en la cabeza jeje paciencia paciencia... "Haber" (como dirían muchos) si me pongo con ganas a escribirla, aunque no tiene relación con la primera. De hecho, el protagonista es mi querido perro...
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